Siete horas más tarde estaba cerca de la mina a la altura de la casa de Simón Chuchuy quien me invitó a tomar uno mate cocido. Me acerqué la patio común de las construcciones y el hombre curtido me tendió un jarro con mate cocido oscuro, caliente, con olor a Rica Rica y muy sabroso. Con su campera improvisó un almohadón sobre una piedra y charlamos un rato. Me preguntó como nos había ido y se sorprendió de que no hayamos encontrado agua. Vicenta trajo una tortilla cocinada al rescoldo, mientras la oscuridad y nubes bajas empezaron a cubrir el lugar. Subimos con Simón a buscar a mi compañero. Cuando volvimos Simón, Vicenta y Gastón se fueron a tomar unos mates mientras preparaba las cosas para armar la carpa. A los pocos minutos me uní al grupo que había entrado a uno de los ranchos. Al entrar el humo me golpeó la cara y al abrir los ojos vi otra realidad, Vicenta con la pequeña Camila, al fondo sentadas sobre unas piedras al lado de un minúsculo horno a leña, del que sobresalía una rama culpable de la nube de humo que se agolpaba contra el techo de chapa. Un poco más acá Simón en cuclillas y Gastón sentado en una de las dos sillas del rancho. La otra, vacía, esperando mi llegada. Compartimos un paquete de galletitas que había llevado al rancho y tortilla que había cocinado Vicenta. Charlamos un largo rato. Simón nos contó de su trabajo y de su familia, de anécdotas con montañistas y del colegio al que concurrían sus hijos. Camila nos miraba desde el rincón de la habitación, sin decir palabra. Cenamos un poco de mote que los Chuchuy nos ofrecieron.