Octubre, dicen los que saben, es la mejor época para ir al Chañi: clima estable, menos frío y más agua por los deshielos. El año anterior el agua había sido determinante para no lograr hacer cumbre. Este año no nos iba a pasar lo mismo, sacaríamos agua de la vega que está al sur de Mesada Grande (gracias por el dato Quique) o portearíamos o en el peor de los casos le pediríamos a Simón Chuichuy que la lleve con un burro.
De la partida éramos cuatro: Gastón, Guillermo y yo que ya habíamos formado cordada en el Domuyo; más Fernando, amigo de Guillermo (ambos fueron de la partida de Expedición Bicentenario Córdoba y en febrero habían llegado a la Canaleta en el Aconcagua).
Con la presencia de Guille estaba todo resuelto, el gran Idish Mome de Temperley estaba hasta en el último detalle (trivia: ¿cuántos embudos son necesarios para una expedición al chañi?). Y asi fue que, sin mayores contratiempos cumplimos con lo planeado: Purmamarca en una previa cheta, El Moreno con un cómodo día de aclimatación en el hospedaje de Ana Chuichuy y al tercer día, de un salto en la chata, llegamos a Casas Mochas.
A pesar de la belleza de esta montaña, lo que más nos había deslumbrado un año antes a Gastón y a mi, fue la gente que encontramos allí. La mirada de Camila, la hijita de Simón y Vicenta, fue un aliciente para los 18 meses que nos tomamos para volver al Chañi. Allí fuimos apenas pudimos y encontramos a la nena con su abuela. Prometimos volver al otro día cuando se encontraran Simón, que había bajado a El Moreno y Vicenta, que estaba con la tropa de llamas.